Horus 😺
Llegué como de costumbre a trabajar al colegio Ciudadela Sucre, pero ese día me enteré que me trasladaban de sede y que a partir de ese momento empezaría a trabajar en La Isla, un barrio anclado en la comuna cuatro de Soacha, donde los perros callejeros caminan con la tristeza de quien ha olvidado el calor de una caricia y se ven en los rostros de sus habitantes las miradas resilientes de que todo será mejor algún día. No me imaginaba que, en aquel lugar, me esperaba un ser que iluminaría mi vida y le daría sentido el estar allí.
Un día, mientras estaba en el trabajo, me llamaron con urgencia al cuarto de los vigilantes. Al cruzar la puerta, vi entre unas botas embarradas, tres diminutas sombras felinas acurrucadas. Uno de los gatitos estaba quietecito, y creí que había perdido la vida. "Llévate uno", me sugirieron, pero el peso de antiguas pérdidas aún latía en mi corazón, así que preferí salir del lugar.
Sin embargo, algo dentro de mí me hizo regresar. Volví al cuarto y descubrí que aquel que creí muerto, simplemente dormía en un cajón. Entre los tres, uno destacaba por su vivacidad, un gato que parecía una chispa de fuego, tenía los ojos más bellos que haya visto en el mundo minino. Estaba a punto de elegirlo cuando otra persona lo reclamó. Fue entonces cuando entendí que no importaba cuál escogiera, sino lo que estaba dispuesta a darle: un hogar. Así que tomé al pequeño que el destino me había asignado y que en su momento pensé que estaba muerto, un michi blanco con negro de ojitos pequeños.
Afortunadamente, la persona que había intermediado en la adopción decidió hacer valer nuestra palabra. Finalmente, nos pusimos cita en Unisur y allí lo vi por primera vez, después de dos meses. Lo vi tan flaco, con el pelaje sucio y los ojos tristes.
Me contaron que, junto con su hermano, había vivido días oscuros, escondido bajo una mesa, temeroso de las pequeñas manos que lo trataban como un juguete. Aquel gatito de fuego con hermosos ojos no pudo ser rescatado, y ese dolor lo llevo marcado en mi memoria junta a muchos otros.
Lo tomé en mis brazos y sentí que todo cobraba sentido. Se acurrucó en el pecho de mi hermana, dejando escapar un maullido. En ese instante, supe que él había encontrado su hogar y yo, un compañero de vida. Lo envolví con todo el amor posible: una camita, juguetes, alimento... y un espacio en mi corazón que desde entonces le pertenece. Le prometí que jamás volvería a pasar hambre, ni miedo, y él, con la sabiduría antigua de los animales, pareció entenderlo.
Han pasado cuatro años desde entonces. Aquel pequeño ser, que parecía haber sido tejido con hilos de sombra y polvo, sigue aquí, enseñándome el arte de la paciencia y el amor sin condiciones. Agradezco a la vida por haberlo traído hasta mí, porque no tengo dudas de que no fui yo quien lo eligió: él me eligió a mí.
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