No soy un fiel creyente del destino ni de fuerzas superiores que rigen nuestros actos. Sin embargo, hay eventos en la vida que parecen sacados de una novela, con giros inesperados y significados profundos que parecieran escritos por alguien. La llegada de nuestra perrita Nina a mi vida y a la de mi familia es uno de esos casos.
Antes de comenzar, es importante dar un poco de contexto: somos una familia de cuatro personas que vive en el sur de Bogotá. Mis padres, provenientes del campo; mi hermano mayor y yo. Aunque siempre hemos vivido en la ciudad, visitamos con frecuencia el pueblo de mi padre, Sutatenza, especialmente en vacaciones, Navidad, Semana Santa o simplemente para ver a nuestra familia, en particular a mi abuela. Hubo un tiempo en que mi padre trabajó de tiempo completo en el campo y, durante esos años, tuvo varios perros fieles. Sin embargo, hubo uno que se ganó su corazón: un bóxer llamado Lukas.
Lukas era un perro grande, fuerte y extremadamente leal a mi padre. Pero tenía un problema: era muy agresivo con los perros de mi abuela. En varias ocasiones intentó atacarlos y mi abuela insistió en que mi papá debía deshacerse de él. Finalmente, después de años y varios episodios tensos, tomó la difícil decisión de devolverlo. Aunque existía la opción de traerlo con nosotros a Bogotá, mi padre se negó, convencido de que no sería justo para Lukas vivir en un ambiente urbano con poco espacio para moverse. Esta experiencia le dejó una herida profunda y una convicción firme: nunca más tendría un perro en casa. Esa fue la regla que marcó nuestra adolescencia.
Mi hermano y yo sabíamos que, sin importar cuánto insistiéramos, un perro en casa no era opción. Nuestra casa es de dos pisos con una terraza; en el primer piso está la tienda familiar, la cocina, un baño y un pequeño cuarto. La tienda tiene una reja que separa los productos de los clientes, una barrera de seguridad que, sin saberlo, jugaría un papel clave en nuestra historia.
Una tarde de mayo de 2013, mientras atendía la tienda, ocurrió algo inesperado. De la nada apareció una pequeña perrita beagle. Estaba extremadamente flaca y tenía una infección en los ojos que los hacía ver irritados. Sin dudarlo, pasó por los agujeros de la reja, buscando algo, tal vez comida. La detuve y la saqué por la puerta sin ningún problema. Después de un tiempo volvió a intentarlo, pero esta vez logró entrar hasta el fondo de la cocina. Conmovido, le di unos panes, que devoró en segundos. Cuando terminó, la tomé y la saqué nuevamente, pues solo era una “extraña” en la casa. Pero no se fue. Intentó entrar de nuevo, incluso cuando le ofrecí comida afuera. En ese momento dejé de verla como una simple forastera y empecé a considerar la posibilidad de adoptarla. Pero la advertencia de mi padre resonó en mi mente: un perro en casa estaba prohibido.
Intenté alejarla una y otra vez, incluso tapando la reja, pero ella insistía en entrar, intentando pasar por espacios donde no cabía y podía lastimarse. Después de varios intentos fallidos, desapareció. Pensé que se había rendido. Sin embargo, más tarde, cuando mi hermano llegó en bicicleta, la perrita aprovechó para colarse nuevamente. Esta vez no solo entró, sino que subió corriendo hasta la sala del segundo piso y se acurrucó en un rincón, como si ese fuera su hogar. Mi hermano la acarició y mi madre, que también acababa de llegar, le dio agua y comida.
Poco después llegó mi padre y, al verla, su reacción fue tajante: un “no” rotundo. A pesar de nuestras súplicas, su argumento era el mismo de siempre: si hubiera querido un perro en casa, habría traído a Lukas. Sin dudarlo, la sacó y cerró la puerta. Esa noche me fui a dormir resignado, convencido de que todo quedaría en una simple anécdota.
Pero la vida tenía otros planes. A la mañana siguiente, después de que mi padre se fuera al trabajo, mi madre me dio una sorpresa: la perrita no se había ido. Había pasado la noche afuera, esperando. Conmovida, la dejó entrar, le dio comida, agua y un lugar donde descansar. Para nuestra sorpresa, cuando quiso hacer sus necesidades, buscó un rincón apartado. Era evidente que no era una perrita callejera cualquiera: estaba entrenada y claramente había tenido dueños.
Cuando mi hermano regresó esa tarde, propuso adoptarla y hacerle una cama en la terraza. Sabíamos que mi padre se opondría, así que mi madre ideó un plan: la esconderíamos en la terraza hasta poder convencerlo. Le preparamos una cama bajo techo y, cuando mi padre llegó, la dejamos encerrada. Creímos que funcionaría hasta que la perrita ladró.
Mi padre, sospechando lo que habíamos hecho, preguntó si la habíamos entrado a la casa. Mi madre, con astucia, dijo que seguramente era un perro de la vecindad. No sé si lo creyó, pero así pasó la noche. Y al amanecer, como era de esperarse, descubrió la verdad. Enfurecido, nos advirtió que cuando regresara del trabajo, la perrita debía estar afuera.
Pero esa noche ella seguía en casa. Mi madre logró convencerlo de que la dejáramos. Le aseguró que todos nos haríamos responsables de ella y que no sería un perro encerrado, como Lukas. Y así fue como, contra todo pronóstico, la perrita se quedó. La llamamos Nina y se convirtió en parte de nuestra familia.
Lo más irónico es que, a pesar de haber sido el más reacio, mi padre terminó siendo su persona favorita. A donde él iba, Nina lo seguía. Amaba acompañarlo, incluso en su moto, y se volvía loca de felicidad cuando él llegaba a casa.
Para mí, ella no solo fue un perro o una mascota que adoptamos. Fue ella quien nos encontró, quien luchó por quedarse con nosotros y quien, sin saberlo, se convirtió en un miembro indispensable de nuestra familia.

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